Dios sea bendito ahora y por siempre, y la Santísima Madre de Dios
Todos nosotros, cuando tenemos a Cristo, siempre nos
alegramos que una persona se convierta a la fe de la Iglesia Católica, y para
no dar lugar al tentador, dedicarnos precisamente a la oración. Si estamos en
la Iglesia, y tenemos resentimientos es muy perjudicial para nosotros, pues en
lugar de Cristo tendríamos al pecado, y no reconocer su gravedad.
Si los ángeles del cielo se alegran por cada pecador que se
convierte de corazón, es ejemplo que debemos seguir, la alegría porque un
prójimo se ha hecho hermano nuestro por la fe, o un hermano que se había
descarriado, muerto por su apostasía, pero luego ha regresado a casa, con más
resolución de vivir una vida más santa y siempre en torno al Evangelio de
Cristo.
Si Cristo mismo, nuestro Dios, se alegra que el pecador se
convierta, ¿Por qué vamos a oponernos? Hay quienes se creen católicos y buenos
hijos, sin embargo, tienen un resentimiento extremadamente amargo en su
corazón. Pues en estos días, precisamente, uno de tantos enemigos de Dios, se
ha atrevido a blasfemar, condenando al Beato Pablo VI al infierno. Estos son
lobos con piel de oveja.
Nosotros debemos tener los
sentimientos de Cristo, su amor por las almas.
La tibieza nos arrastraba hacia la desesperación, hacia los caminos más oscuros del pecado, pero Dios nos llamó a una vida de santidad. Dios no puede soportar nuestros pecados, por tanto, tampoco nosotros debemos acostumbrarnos a nuestros vicios y pecados.
Cuando no tenemos vida de oración, nos vamos hundiendo cada vez más en una oscuridad, creíamos que seríamos felices si nos alejamos de la seguridad de la casa paterna. Pero no, fuera de la Iglesia Católica no puede haber auténtica libertad, sino dolor, angustia, amarguras, desesperación, y peor padecerá el alma, si no vuelve en sí, reflexionando, para ir corriendo de nuevo junto a Dios, arrepintiéndonos de todos nuestros pecados. Dios nos ama, pero no por que somos pecadores, sino porque quiere ayudarnos a salir de nuestras maldades, quiere hacernos santos y darnos la Vida eterna. Insistir en que Dios nos ama es una realidad.
Mi querido hermano, mi querida hermana, Cristo te acoge a ti, porque te ama, esto ya lo sabes, pero cuando lo sabemos desde el corazón, comprendemos que hemos de poner de nuestra parte para vivir como el Señor nos pide. Textos del Evangelios y comentarios pertenecen a la Biblia Didajé (Conferencia Episcopal Española)
Otros comentarios, del Evangelio de San Lucas, Comprender la Palabra.
Doy gracias a Dios, porque en esta Domingo de la Misericordia, II Domingo de Pascua, se ha tenido muy presente la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo. En otras parroquias podríamos oír que a veces se habla de misericordia, pero en la práctica, es un olvido, incluso un rechazo de la esta solemnidad.
Tenemos que dar gracias a Dios, porque este
don de Dios, que el Papa Francisco, sobre el jubileo de la Misericordia, todo
este año, y debemos alimentar nuestro espíritu haciendo que la misericordia de
Dios entre en nosotros, para que, a su vez, la pongamos en práctica con el
prójimo. Pero la misericordia no puede separarse de la Justicia de Dios. El
cristiano como hijo de la Iglesia Católica, comprenderá mucho mejor el sentido
de la misericordia de Dios, cuando también practique la justicia. La Justicia
según Dios no es nada malo, nos ayuda a ver las cosas más clara.
Esta misma mañana, tomé esta foto. Había otra imagen, como un poster, lo habían colocado, cerca del altar.
A mayor gloria y alabanza de la Santísima Trinidad;
Bendita por siempre la Santísima Madre de Dios, la Llena de Gracia.
Mis buenos hermanos y hermanas.
Cuando el sacerdote se reviste para la Santa Misa, sin omitir ninguna parte de los ornamentos litúrgicos, propios del tiempo, y lo hace por santa obediencia. Además, la Iglesia se ha pronunciado en esto, que el sacerdote debe revestirse. Pero todavía hay resistencia a la obediencia. No todos los sacerdotes obedecen al Espíritu Santo. Y esto no ayuda a la santidad de los fieles.
He observado el desinterés por las rúbricas, el desprecio que se le somete, como si la idea personal está por encima de las rúbricas, no todos se preparan para la celebración de la Santa Misa, no hay oraciones, según los momentos de la liturgia, por parte de algún sacerdote, y todo aprisa sin respeto. Qué triste vida es no progresar en la piedad, en la vida de santidad, y no tener remordimientos de conciencia cuando se ofende gravemente a Dios. Años atrás escuchaban como algún sacerdote llegaba a blasfemar, y recientemente he oído la misma blasfemia. Esto entristece a Jesucristo, lo escarnecen los malos cristianos. Dios nos ama, y no tenemos derecho a rebelarnos contra Él. Si vemos mal ejemplo por parte de alguna persona que se dice cristiana, hemos de romper con Él, pues debemos tener preferencia a Cristo, nuestra vida debe ser exclusiva para Cristo Jesús nuestro Señor.
Cada vez se hace notar más en nuestros ambientes, que cuando se habla de misericordia, no hay misericordia con la Sagrada Escritura, no hay misericordia con los intereses de Cristo, se escogen del Evangelio: --“esto sí, pero aquello no” --, cuando están relacionados en el mismo sentido hacia la santidad y conversión del corazón. ¡Qué tremendo que esta nueva especie de misericordia, no hay conocimiento de las enseñanzas de Cristo! Y la descristianización sigue adelante. Aunque han dado detalles del crecimiento de las personas que se convierte al catolicismo, pero uno no es católico “porque sí” por apariencia, hay algo más profundo, pero que no se comprende el verdadero sentido de la conversión del corazón. Que debe haber un cambio radical, dejar de ser del mundo. Un cristiano mundano no es un verdadero convertido, porque sigue arrastrando consigo las mismas cosas que el hombre viejo. No es lo mismo ser católico de nombre que de convencimiento por las enseñanzas de Jesucristo.
Otra observación, sobre nuestro camino de aprendizaje. Pues también es mencionado en esta meditación del bienaventurado Papa Emérito Benedicto XVI, que el cristiano tiene la posibilidad de aprender de Cristo. Los que no han comprendido el sentido de la fe cristiana, se aferran: “aprender de nuestros errores, o de los errores del prójimo”, ciertamente no buscan aprender de Cristo, y así les van las cosas, errores y más errores que no son capaces de encontrar, porque no han encontrado a Cristo que lo podrían ayudar. La expresión “aprender de los errores” no tiene origen bíblico, no procede del Espíritu Santo, sino de quienes, como he referido, los que tienen su corazón en la ponzoña del mundo.
A vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, que buscáis el conocimiento de Cristo, aprender de Él, que a todos nos ayuda a limpiarnos de nuestros errores y de nuestros pecados y vicios. Todos nosotros estamos tras las huellas de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y es de Él, por lo que debemos aprender todo lo que el Señor quiere. Los que son del mundo, se consuelan en esos errores: "aprender de los errores", pero sabemos que nuestros errores no son nuestros educadores en el conocimiento de la verdad.
¿Hay pastores que se preparan mientras se revisten, hablando sin ton ni son, en vez de las oraciones que la Iglesia ha determinado para distintos momentos? Desgraciadamente sí los hay, incluso lo pasan divertido mientras se encaminan hacia lo que debe ser reverente al Señor. La posibilidad de corregirse está a disposición de todas las almas, sean sacerdotes o no lo seamos. Pues lo que pretendo al escribir esto, es que amemos de corazón al Señor nuestro Dios, que honremos al Altísimo, pues cuando esto se cumple, sabremos amar a nuestros prójimos en el mismo sentido del Corazón de Cristo Jesús. Le necesitamos todos.
Hoy como Jueves Santo, necesitamos tomar en serio lo que el Señor nos pide, si queremos salvarnos, no según nuestra mentalidad y condiciones, sino conforme a Cristo Jesús.
Pongamos atención, meditemos atentamente a estas enseñanzas de Benedicto XVI, si es preciso releerlo nuevamente, descubriendo cada detalle. Buscando como siempre, la gloria de Dios.
Dios sea bendito ahora y por siempre, En la actualidad es importante que todo sacerdote perfeccione sus homilías. Y efectivamente, porque cuando el sacerdote se pasa horas ante el Santísimo, se deja llevar por el Espíritu Santo, en las homilías permite la ayuda del Espíritu Santo, y que importante que persevere.
Del Evangelio (Mt 5,13-16): En
aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la
tierra. Mas si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para
nada más que para ser tirada fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». (Santa Biblia Edición Conferencia Episcopal Española)
Nuestra vocación a la santidad se hace más fuerte, en cuánto
tengamos siempre a la Madre de Dios en nuestra vida, pues gracias a Ella,
tenemos a Jesús, y la salvación; nuestra salvación, pero no nos confiemos en
nosotros mismos, sino que debemos perseverar en nuestra devoción. Si meditamos
la Palabra de Dios como lo hizo Ella, la Santísima Madre de Dios, si la
imitamos en su silencio para estar más pendientes de Dios, si la imitamos en la
entrega total a Dios, tendremos fortaleza para vencernos a nosotros mismos. Sin
Ella, es imposible agradar a Dios. Eso es lo que pienso.
El Papa Francisco dice que hay que Dios perdona a quien obedece
su conciencia. Pero una conciencia bien formada, instruida en la fe, no puede
cometer pecado, no puede cometer abusos a la Divina Misericordia.
Algunos dicen, después de haber cometido un acto reprobable: “Mi
conciencia no me dice nada, me siento tranquilo”, sin embargo, sigue cometiendo
los mismos males, pecados y vicios: “la conciencia no me dice nada”
·Papa Francisco: “En primer lugar, me pregunta si el Dios de los
cristianos perdona a los que no creen y no buscan la fe. Teniendo en cuenta que
--y es la clave-- la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a
Él con un corazón sincero y contrito, la cuestión para quienes no creen en Dios
es la de obedecer a su propia conciencia. El
pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la
conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se
percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la
maldad de nuestras acciones.” (Roma, . El
papa Francisco
abre un diálogo público con los no creyentes. - Zenit.org )
A mi parecer, que solo desde la fe dela Iglesia Católica, la conciencia puede ser
rectamente formada, pero no nos quedamos en la superficialidad, ya que una
conciencia bien formada, nos lleva por el camino de la caridad, de la humildad
de corazón para permanecer con Cristo.
Yo siempre he entendido, que si Dios perdona mis pecados, es
cuando busco el arrepentimiento. Pero sería trágico para un alma, que no cree
en Dios, tampoco creerá en el perdón del Señor; o que le dará igual ser
perdonado como que no. Yo encuentro un tanto extraño, el párrafo.
Si para el creyente, para nosotros los cristianos que amamos la
Iglesia Católica, todavía encontramos defectos en nuestra conciencia, por su no
completa formación, sabemos que para gozar del perdón de Dios necesitamos el
sacramento de la penitencia, y es desde ahí que Dios perdona nuestros pecados,
porque nos hemos arrepentidos, y nos esforzamos por no recaer en los pecados y
vicios que corrompen nuestra vida de fe.
Para
los que no creen ni buscan la fe, dice el Apóstol San Pedro: «Si el justo se salva a duras penas ¿en qué
pararán el impío y el pecador?» (1 Pedro 5, 18). La Palabra de Dios nos
habla sobre la importancia de la fe, para que nos reconozcamos necesitados del
perdón de Dios y caminar con Cristo Jesús.
Una persona sin
fe, es como un cadáver (cfr St 2, 26); «La Fe es fundamento de lo que se
espera, y garantía de lo que no se ve» (Hb, 11, 6), sin fe es imposible
complacer a Dios (cfr Hb, 11, 6), con la fe nos apartamos de la mundanidad y de
toda clase de idolatría. ¿Dios nos perdona si no tenemos fe, ni le buscamos? «Y
si el justo a duras penas se salva, ¿Qué será
del impío y pecador? (1Pe 4, 18). Pero el Señor siempre desea perdonarnos,
y nos da soluciones para conseguir su perdón y comenzar con una vida de gracia
y santidad, o recuperarla si por culpa nuestra nos hemos desviados del camino
de la santidad.
Pues aquello que pudiera ser “conciencia”, podría ser una
sugestión maligna, diabólica para cometer abominaciones y crímenes, y “la
conciencia no da la voz de alarma”
Hay quienes ha dicho: “una voz me ha dicho que cometa esta acción”,
y se ha imaginado que es de su propia conciencia.
En la respuesta que el Papa Francisco a un no creyente, añadía: “”El pecado, aún para los que no tienen fe,
existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de
hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo.”
Hoy día, muchos cristianos ha perdido la conciencia recta, la
gravedad del pecado, ya no le da tanta importancia, que justificando incluso
acciones mundanas y perversas, aprobando ciertas cosas que Dios ha reprobado y
condenado, no sienten remordimiento de conciencia. Aún cuando comulgan, lo
hacen sin fe, sin amor ni reverencia a Dios. Y asi como San Pedro decía lo
dificultoso que es la salvación para el justo, Jesús enseñaba sobre los que
optan por el camino ancho que lleva a la perdición. Muchos querrán entrar y no
podrán.
El pecado existe, tanto para los que tienen fe y no lo tienen,
no porque no se crea en Dios, ya el pecado no será pecado; no porque algunos
han perdido el sentido grave del pecado, ya no existe. El pecado sin duda, es una realidad presente, entonces sí que se
comprende esta enseñanza. La existencia del pecado.
El pecado es siempre un atentado contra la propia conciencia.
Cuando más se peca contra la conciencia, llega un momento, en que deja de
sentir remordimientos, la costumbre de pecar, ha endurecido su corazón, dejando
su conciencia adormecida, insensible.
Pero dirán alguno, “no exageres, que Dios es eternamente
misericordioso, y enseguida nos perdona”. Otros podrían decir: “esto es un
chollo, puedes pecar y confesarte, y ya estás perdonado, y volver a pecar” Esto
significa, que en la hora de la muerte, no se arrepentirá de sus pecados, aún
más, terminaran desesperados y lanzará gritos de dolor, y alaridos, no querrán
confesarse.
En uno de los sermones o consideraciones de San Alfonso María de
Ligorio, nos abre los ojos:
PUNTO 2
Dirá, quizá,
alguno: «Puesto que Dios ha tenido para mí tanta clemencia en lo pasado, espero
que la tendrá también en lo venidero.» Mas yo respondo: «y por haber sido Dios
tan misericordioso contigo, ¿quieres volver a ofenderle?» «¿De ese modo--dice
San Pablo-desprecias la bondad y paciencia de Dios ? ¿Ignoras que si el
Señor te ha sufrido hasta ahora no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino
para que te duelas del mal que hiciste?» (Rm 2, 4). y aun cuando tú, fiado en
la divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la retirará. «Si
vosotros no os convirtiereis, entensará su arco y le preparará (Sal. 7,
13). Mía es la venganza, y Yo les daré el pago a su tiempo (Dt., 32,
3S). Dios espera; mas cuando llega la hora de la justicia, no espera más y
castiga.
Aguarda Dios
al pecador a fin de que se enmiende (Is., 30, 18); pero al ver que el tiempo
concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, válese de
ese mismo tiempo para ejercitar la justicia (Lm.,
I, 15). De suerte que el propio tiempo concedido, la misma misericordia
otorgada, serán parte para que el castigo sea más riguroso y el abandono más
inmediato. «Hemos medicinado a Babilonia y no ha sanado. Abandonémosla»
(Jer., 51, 9).
¿Y cómo nos abandona Dios? O envía la muerte al pecador, que así muere sin
arrepentirse, o bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la
gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se
salvará. Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos
hábitos, será la salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en
absoluto, a lo menos moralmente abandonado. «Le quitará su cerca, y será
talada…» (Is., 5, 5). ¡Oh, qué castigo! Triste señal es que el dueño rompa
el cercado y deje que en la viña entren los que quisieren, hombres y ganados: prueba
es de la abandona.
Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de
los remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran
en ella todos los monstruos del vicio (Sal. 103, 20). y el pecador,
abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria,
avisos, consejos y excomuniones; se burlará de su propia condenación (Pr.,
18, 3).
Le dejará Dios
en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. «Apiadémonos del impío…; no aprenderá (jamás) justicia»
(Is. 26, 10). Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo (Serm, 42, in Cant):
«No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira».
Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer,
no le pida cuenta de ellos (Sal. 10, 4). Diríase que no se indigna contra él
(Ez., 16, 42) y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea (Sal. 80,
13). ¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es
que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna!
Pregunta Jeremías (Jer., 12, 1): «¿Por qué el camino de los impíos va en
prosperidad?» y responde en seguida (Jer., 12, 3) : «congrégalos como el
rebaño para el matadero.»
No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir
pecados a pecados, según lo que dice David (Sal. 68, 28-29): «Ponles maldad
sobre maldad… Borrados sean del libro de los vivos»; acerca de lo cual dice San
Belarmino: «No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado.»
Más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado
el Señor le hubiera hecho morir; porque muriendo
después, padecerá tantos infiernos como pecados hubiere cometido.
PUNTO 3
Refiérese en la Vida del Padre Luis de Lanuza que cierto día dos amigos estaban
paseando juntos en Palermo, y uno de ellos, llamado César, que era comediante,
notando que el otro se mostraba pensativo en extremo, le dijo: «Apostaría a que
has ido a confesarte, y por eso estás tan preocupado. Yo no quiero acoger tales
escrúpulos... Un día me dijo el Padre Lanuza que Dios me daba doce años de vida
y que si en ese plazo no me enmendaba tendría mala suerte. Después he viajado
por muchas partes del mundo; he padecido varias enfermedades, y en una de ellas
estuve a punto de morir. Pero en este mes, cuando van a terminar los famosos
doce años, me hallo mejor que nunca. ..». y luego invitó a su amigo a que
fuese, el sábado inmediato, a ver el estreno de una comedia que el mismo César
había compuesto y en aquel sábado, que fue el 24 de noviembre de 1668, cuando
César se disponía a salir a escena, dióle de improviso una congestión y murió
repentinamente en brazos de una actriz. Así acabó la comedia.
Dirás, acaso, que en dónde está ese modo de misericordia de Dios… ¡Ah,
desdichado! ¿No te parece misericordia el haberte Dios sufrido tanto tiempo con
tantos pecados? Prosternado ante Él y con el rostro en tierra debieras estar
dándole gracias y diciendo: «Misericordia del Señor es que no hayamos sido
consumidos» (Lm., 3, 22).
Pues bien,
hermano mío; cuando la tentación del enemigo te mueva a pecar otra vez si
quieres condenarte puedes libremente cometer el pecado; mas no digas que deseas
tu salvación. Mientras quieras pecar, date por condenado, e imagina que Dios
decreta su sentencia, diciendo: «¿Qué más
puedo hacer por ti, ingrato, de lo que ya hice?» (Is., 5. 4). y ya que
quieres condenarte, condénate, pues… tuya es la culpa.
Al cometer un solo pecado mortal incurriste en delito - mayor que si hubieras
pisoteado al primer soberano del mundo. y tantos y tales has cometido que si esas
ofensas de Dios las hubieses hecho contra un hermano tuyo, no las hubiera éste
sufrido… Más Dios no sólo te ha
esperado, sino que te ha llamado muchas veces y te ha ofrecido el perdón.
¿Qué más debía hacer"? (Is., 5, 4).
Si Dios tuviese necesidad de ti, o si le hubieses honrado con grandes
servicios, ¿podría haberse mostrado más clemente contigo? Así, pues, si de
nuevo volvieras a ofenderle, harías que su divina misericordia se trocara en
indignación y castigo.
Si aquella higuera hallada sin frutos por su dueño no los hubiera dado tampoco
después del año de plazo concedido para cultivarla, ¿quién osaría esperar que
se le diese más tiempo y no fuese cortada? Escucha, pues, lo que dice San
Agustín: « ¡Oh árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la segur. ¡Mas no
te creas seguro, porque serás cortado! Fue aplazada la pena-expresa el Santo-,
pero no suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te
alcanzará: serás cortado.»
¿Esperas, por tanto, a que el mismo Dios te envíe al infierno? Pues si te
envía, ya lo sabes, jamás habrá remedio para ti. Suele el Señor callar, mas no
por siempre. Cuando llega la hora de la justicia, rompe el silencio.Esto
hiciste y callé. Injustamente creíste que sería tal como tú. Te argüiré y te
pondré ante tu propio rostro (Sal. 49, 21). Te pondrá ante los ojos los actos
de divina misericordia, y hará que ellos mismos te juzguen y condenen.
«Preparación para la muerte», de San Alfonso María de Ligorio,
paginas 147-155.
Démonos cuenta que la Misericordia de Dios, nos encamina al
arrepentimiento absoluto de nuestros pecados y vicios, no es volver al vómito
del pecado, sino perseverar en su Santísima Voluntad.
¡Qué terrible que el que está habituado en el pecado, ya no
sienta remordimiento de conciencia! Dios nos espera porque quiere
recompensarnos en el momento en que le digamos perdón con sincero corazón, se
requiere verdadero dolor de los pecados.
Comenté en alguna ocasión, que en la JMJ Madrid 2011, nuestro
grupo parroquial, que el que quisiera confesarse podría acercarse a uno de los confesonarios,
y así fue Pasado los minutos, de nuevo nos reuníamos en la zona del parque. Uno
de ellos dijo a otros jóvenes, “En la confesión no me he confesado todos los
pecados, he engañado al sacerdote”. El que obra así, no desea arrepentirse de
sus pecados, como vemos, si confiesan, porque otros han insistido que lo haga,
o por el qué dirá, es capaz de cometer sacrilegio en la confesión, como también
en la Sagrada Comunión. Y en la mala conducta, no sentir remordimientos, es el
peor castigo que ya el alma puede padecer en este mundo.
·San Agustín: « ¡Oh árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la
segur. ¡Mas no te creas seguro, porque serás cortado! Fue aplazada la pena,
pero no suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te
alcanzará: serás cortado.»
Para el cristiano que ha perdido el sentido del pecado termina
por corromperse,
«Conozco tu conducta: no
eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que
eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.» (Ap 3,
15-16)
Es peor el tibio que el que no cree. Pues el tibio puede un día terminar
en apostasía y luchar contra la Iglesia Católica como ya ha sucedido. Pero
antes, sentirá ciertos remordimientos en la conciencia, algo que se puede
evitar cuando más profundamente nos dediquemos a la vida de oración, a vivir
conforme a Cristo, y así, los pecados no nos dominarán. Porque con la vida de
gracia, Dios es quien nos ayuda a vencer la maldad.
Para formar rectamente la conciencia, no nos podemos bastar
nosotros mismos, pues necesitamos ayuda espiritual, que Dios puede poner en
nuestro camino. Una buena dirección espiritual, la obediencia humilde al
sacerdote que está muy unido a Cristo y ama intensamente a la Iglesia Católica
que es fiel con su vocación sacerdotal, que no es mundano, y no tiene aficiones
idolátricas, pues como había dicho lo de estar muy unido a Cristo. Porque así
no expone ideas propias, sino la sabiduría del Espíritu Santo.
Leyendo a San Alfonso María de Ligorio, aprendemos que no
siempre es fácil encontrar un sacerdote que nos ayude en los temas espirituales
y vida de santidad, y por eso, un buen libro de doctrina espiritual, también
puede ser ayuda a formar nuestra conciencia.
En estos tiempos, tenemos las enseñanzas del Bienaventurado
Benedicto XVI, que es una importantísima guía espiritual, que nos ayuda a vivir
más plenamente el Evangelio de Cristo.
Y no descuidemos las palabras del Papa Francisco que nos encamina
hacia un Evangelio más radical, al modo de los santos, podemos aprender
muchísimo bien. Debemos tomar en serio, perseverar en estas enseñanzas que nos
lleva a la salvación eterna. Pero no todos comprenden sus enseñanzas, y no tarda
mucho tiempo, en que lo bueno que han escuchado, es como la parábola de Jesús, la
semilla buena del sembrador que cae en mala tierra, y no crece, se seca y se
muere.
Una conciencia mal formada, y que le cuesta corregirse, cuando
hace aparentar que gusta un pensamiento espiritual, suelen responder con
expresiones sin sentido, por ejemplo; -“graciasssssss”-, para ser tierra buena,
necesita una buena formación, porque con estas y otras exclamaciones parecidas,
se hace notar con una mala disposición, que sólo Dios sabe si cambiará o no. Pero
no son expresiones cristianas, sino mundanas, como si fuera un desafío a la
madurez cristiana, que no quiere cambiar.
Pero gracias a Dios, en las redes sociales, me he encontrado
cristianos muy comprometidos con su propia fe, unos casados, otros sacerdotes, encontramos
almas consagradas en una orden religiosa, también los hay seglares. Se toman en
serio su oposición a lo mundano para ir creciendo en los auténticos valores
espirituales y santos. Estas personas también pueden ayudarnos a corregir
nuestros propios defectos.
Son personas que viven para gloria de Dios, que de verdad se
preocupan de sus hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia Católica que es
Madre y Maestra.
Mensaje a los participantes en un curso de la
Penitenciaría Apostólica
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 16 de marzo de 2009 (ZENIT.org).-
Ofrecemos a continuación el texto completo del mensaje que el Papa Benedicto
XVI ha enviado a los participantes en un curso sobre el Fuero Interno,
organizado por el Tribunal de la Penitenciaría Apostólica.
*******
Al
Venerado Hermano
señor
cardenal James Francis Stafford
Penitenciario
Mayor
Con satisfacción, también este
año, me dirijo con afecto a usted, señor cardenal, y a los queridos
participantes en el curso sobre el Fuero Interno, promovido por esta
Penitenciaría Apostólica y que ha llegado ahora a su XX edición. Saludo a todos
con afecto empezando por usted, venerado hermano, extendiendo mi grato
pensamiento al Regente, al personal de la Penitenciaría, a los organizadores de
este encuentro, como también a los religiosos de las distintas órdenes que
administran el sacramento d ella penitencia en las Basílicas Papales de Roma.
Esta benemérita iniciativa
pastoral vuestra, que atrae cada vez más interés y atención, como lo atestigua
el número de cuantos quieren formar parte de ella, constituye un seminario
singular de actualización pastoral, cuyos resultados no confluirán, como en las
Actas de otros congresos, solo en una publicación al caso, sino que se
convertirán en materiales útiles a los participantes para proporcionar
respuestas adecuadas a cuantos se encuentren durante la administración del
sacramento de la penitencia. En este nuestro tiempo, constituye sin duda una de
nuestras prioridades pastorales el
formar rectamente la conciencia de los creyentes para que, como he podido
reafirmar en otras ocasiones, en la
medida en que se pierde el sentido del pecado, aumentan por desgracia los
sentimientos de culpa, que se quisieran eliminar con remedios paliativos
insuficientes. En la formación de las conciencias contribuyen múltiples y
preciosos instrumentos espirituales y pastorales que hay que valorar cada vez
más; entre estos me limito a señalar hoy brevemente la catequesis, la
predicación, la homilía, la dirección espiritual, el sacramento de la
Reconciliación y la celebración de la Eucaristía.
Ante todo, la catequesis. Como
todos los sacramentos, también el de la Penitencia requiere una catequesis
previa y una catequesis mistagógica para profundizar el sacramento “per
ritus et preces”, como bien subraya la Constitución litúrgica Sacrosanctum
Concilium del Vaticano II (cfr n. 48). Una catequesis adecuada ofrece una
contribución concreta a la educación de las conciencias estimulándolas a
percibir cada vez mejor el sentido del pecado, hoy en parte perdido o, peor,
oscurecido por un modo de pensar y de vivir “etsi Deus non daretur”,
según la conocida expresión de Grocio, que está ahora de gran actualidad, y que
denota un relativismo cerrado al verdadero sentido de la vida.
A la catequesis debe unirse un
sabio uso de la predicación, que en la historia de la Iglesia ha conocido
formas diversas según la mentalidad y las necesidades pastorales de los fieles.
También hoy, en nuestras comunidades se practican estilos diversos de
comunicación que utilizan cada vez más los modernos instrumentos telemáticos a
nuestra disposición. En efecto, los actuales media si por un lado
representan un desafío con el que medirse, por otro ofrecen oportunidades
providenciales para anunciar de forma nueva y más cercana a las sensibilidades
contemporáneas la perenne e inmutable Palabra de verdad que el Divino maestro
ha confiado a su Iglesia. La homilía, que con la reforma querida por el
Concilio Vaticano II ha vuelto a adquirir su papel “sacramental” dentro del
único acto de culto constituido por la liturgia de la Palabra por la de la
Eucaristía (SC 56), es sin duda la forma de predicación más difundida, con la
que cada domingo se educa la conciencia de millones de fieles. En el reciente
Sínodo de los Obispos, dedicado precisamente a la Palabra de Dios en la
Iglesia, diversos padres sinodales insistieron oportunamente en el valor y la
importancia de la homilía para adaptarla a la mentalidad contemporánea.
También la “dirección espiritual” contribuye a formar las conciencias. Hoy más
que nunca se necesitan “maestros de espíritu” sabios y santos: un importante
servicio eclesial, para el que es necesaria sin duda una vitalidad interior que
debe implorarse como don del Espíritu Santo mediante la oración prolongada e
intensa y una preparación específica que adquirir con cuidado. Todo sacerdote
además está llamado a administrar la misericordia divina en el sacramento de
Penitencia, mediante el cual perdona en nombre de Cristo los pecados y ayuda al
penitente a recorrer el camino exigente de la santidad con conciencia recta y
formada. Para poder llevar a cabo un ministerio tan indispensable, todo
presbítero debe alimentar su propia vida espiritual y cuidar la permanente actualización
teológica y pastoral. Finalmente, la conciencia del creyente se afina cada vez
más gracias a una devota y consciente participación en la Santa Misa, que es el
sacrificio de Cristo para la remisión de los pecados. Cada vez que el sacerdote
celebra la Eucaristía, recuerda en la Plegaria Eucarística que la Sangre de
Cristo se derramó para el perdón de nuestros pecados, por lo que, en la
participación sacramental en el memorial del Sacrificio de a Cruz, se realiza
el pleno encuentro de la misericordia del Padre con cada uno de nosotros.
Exhorto a los participantes en el
Curso a atesorar cuanto han aprendido sobre el sacramento de la Penitencia. En
los diversos contextos en que se encontrarán viviendo y trabajando, procuren
mantener siempre vivos en sí mismos la conciencia de deber ser dignos
“ministros” de la misericordia divina y educadores responsables de las
conciencias. Que se inspiren en el ejemplo de los santos confesores y maestros
espirituales, entre los cuales quiero recordar particularmente al Cura de Ars,
san Juan María Vianney, de quien precisamente este año recordamos el 150
aniversario de su muerte. De él se ha escrito que “durante más de cuarenta años
guió de modo admirable la parroquia a él confiada... con la predicación asidua,
la oración y una vida de penitencia. En la catequesis que impartía cada día a
niños y a adultos, en la reconciliación que administraba a los penitentes y en
las obras impregnadas de esa caridad ardiente, que él obtenía de la santa
Eucaristía como de una fuente, avanzó hasta tal punto que difundió en todo
lugar su consejo y acercó sabiamente a muchos a Dios” (Martirologio, 4
agosto). He aquí un modelo al que mirar y un protector al que invocar cada día.
Vele finalmente sobre el
ministerio sacerdotal de cada uno la Virgen María, a la que en el tiempo de
Cuaresma invocamos y honramos como “discípula del Señor” y “Madre de la
reconciliación”. Con estos sentimientos, mientras os exhorto a cada uno a
dedicaros con empeño al ministerio de las confesiones y de la confesión
espiritual le imparto de corazón a usted, venerado hermano, a los presentes en
el Curso y a sus seres queridos mi Bendición.
En el Vaticano, 12 de marzo de
2009
BENEDICTUS
PP. XVI
[Traducción del original italiano por
Inma Álvarez]
¿No es triste que ya queda menos para pasar del Año de la Fe, y que haya cristianos que no han comenzado a dar el primer paso? Han dejado de creer en Cristo, pues todo el que ama a Cristo, no se cuida de las cosas mundanas, eventos deportivos, tauromaquia, disfraces, chistes, etc? Son pobres amas que no se han tomado en serio los intereses de Cristo, no han empezado a valorar la santidad, ni la vida de Fe.
Damos gracias a Dios, por esos hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia Católica, porque en este año de la fe, han sabido aprovechar y valorar las enseñanzas de la Iglesia Católica y de nuestros Papas, sobre el camino que cómo cristianos hemos emprendido para complacer a Dios nuestro Padre.
Hoy estamos a dos de agosto, el día 1 precisamente tenía que haber compartido esta reflexión, pero por asuntos que Dios conoce, no lo hice. Pero no por eso, al menos un servidor, no puedo de olvidarme de San Alfonso María de Ligorio, me ayudó mucho en los momentos que más necesitaba, sobre la confesión, sobre el amor a Jesús, a María Santísima. Pues no llegaba a encontrar ayuda espiritual en mi ciudad, que se tomara muy en serio, mi vida. Jesús por medio de este santo, también por el Papa Juan Pablo II, Benedicto XVI, fuero los impulsores de mi conversión, aunque ya se había adelantado la Santísima Madre de Dios, que arrancó mi vida del infierno en que yo estaba pasando. Pues Jesús me envió a la Madre de Dios, como luego a los demás ya mencionados.
La perseverancia en la oración
bien hecha ayuda a ser prudentes en las carreteras.
Benedicto XVI: « pidamos a la Virgen María que nos enseñe el secreto del silencio que se hace alabanza, del recogimiento que dispone a la meditación, y del amor a la naturaleza que se transforma en acción de gracias a Dios. Así podremos acoger más fácilmente en el corazón la luz de la Verdad y practicarla con libertad y amor. »
Hay
personas que buscan disfrutar de unas vacaciones fuera del país, españoles ha
habido que al ir a países conflictivos, y ejemplos hay, terminan que son
atracados por los delincuentes, encarcelados por drogas, etc. Lo más grave,
para añadir pecados mortales a sus propias vidas. Mueren en las carreteras.
Los
hijos e hijas de la Santa Madre Iglesia Católica, los que van de vacaciones, no
apartan sus pensamientos de Dios, ya conduciendo, o como pasajero en un coche,
autobús, tren o avión, o barco, tiene presente en su corazón a Dios, pasan esos
días de vacaciones, y no se olvidan de que Dios está presente. Saben aprovechar
el tiempo. Allí donde han decidido establecer sus días de vacaciones, en un
lugar tranquilo, sin ruido, pues es conveniente huir de las multitudes para
encontrarse con Dios.
Si
el cristiano se decide disfrutar de la playa
o piscina, además de no poder poner atención a la oración, Satanás
conseguirá hacerle caer en pecado con el pensamiento, la tentación de impureza,
¿cómo se puede no caer en el pecado impuro si no huye de la ocasión de peligro?
¿Cómo se puede poner la mano en una hoguera sin quemarse?
Por
eso, la prudencia del cristiano, evita los lugares donde la iniquidad se hace
notar. En piscina y playa, el cristiano no está dispuesto a pecar, pero
Satanás, sí que lo está. Y por qué ese cristiano no ha huido de la ocasión
peligrosa, termina por caer.
Si
consideramos la oración del Padre Nuestro… dice: “No nos dejes caer en la
tentación, más líbranos del mal.
Pues
bien, ciertamente el Señor nos libra de caer en la tentación si nosotros huimos
de toda ocasión peligrosa que pueda dañarnos el alma.
¿Pues
de qué le sirve orar al cristiano, si luego vive como si Dios no existiera? Y
por eso, son muchos cristianos que tienen muerte repentina, ya por culpa
propia, sin tenerla en esa ocasión. Pero e diablo, no está dispuesto a que el
cristiano muera en gracia de Dios, por eso les mueve su corazón a lo que no
agrada a Dios, y aceptan.
La
prudencia en nuestra vida es importante, la presencia de Dios en nuestro
corazón, en nuestra ama, no podemos consentir que nuestro corazón ocupe cosas
insignificantes y mundanas.
Las
montañas es un buen lugar para encontrarnos con el Señor, una excursión,
senderismo, aprovechando también que si caminamos, además del agua que debemos
llevar en la mochila, no podemos olvidarnos de llevar la Santa Biblia, y
recomiendo la versión de la Conferencia Episcopal Española o la que ha editado
el Apostolado Mariano, Sevilla, se trata de la Sagrada Biblia de Monseñor
Johann Straubinger, que también es muy recomendable por sus
comentarios doctrinales : Sagrada Escritura - Editorial Apostolado Mariano o aquí http://www.apostoladomariano.com/sagrada.htm
No, no lo dejemos pasar, la Santa Biblia siempre debe estar presente cuando vayamos de vacaciones, en cualquier momento debemos buscar esa pureza inmaculada, que es la Palabra de Dios para nuestras vidas, un aire puro que cura nuestro corazón y nuestra alma.
Lo
podemos leer en un lugar sombreado. La Palabra de Dios nos ayuda a relajarnos,
pero solo, si estamos dispuesto a ser fiel a la voluntad de Dios. Ya que hay
cristianos que nada más leer o escuchar la Palabra de Dios, no adelantan nada,
porque su corazón se inclina hacia los eventos de la idolatría y la mundanidad
del Maligno.
Puesto
que queremos permanecer en Gracia de Dios, sería recomendable, que cada hora
rezáramos un Padre Nuestro, Ave María y Gloria; cada media hora, un Credo, y
nuestra vida cambiara, porque lo mundano ya habrá sido extinguido en nosotros,
quedara fuera. Pero no nos dominará, porque la Gracia de Dios nos protegerá, y
nuestra devoción a la Santísima Madre de Dios, nos ayudará también que cada vez
que oremos el Santo Rosario, lo hagamos con verdadera devoción, sin atropello
ni a la carrera.
En
las carreteras, aunque una persona conduce con serenidad y paz, porque tiene
presente a Dios, también puede librarse de una muerte repentina, de otros
conductores que van conduciendo sin hacer casos a las señales de tráficos; no
solamente se hace grave daño así mismo, pues deja claro que también hay
inocentes que por culpa de esa imprudencia ajena, muere.
En
la oración, quien reza a toda prisa, atropelladamente, es como quien camina por
el borde de un precipicio con los ojos vendados. Y es no se centra en lo
esencial, no pone atención a las palabras de la oración, es como si en un saco
roto, se intentara llenar de trigo, pero que termina por perderse; no tiene sus
pensamientos ni su corazón en Dios, es como el insensato que corre por la
carretera, que no hace ningún caso.
La
oración precipitada no ayuda a crecer la fe, sino a meterse más en la idolatría
de las aficiones mundanas, todo lo que hace no es meritorio ante los ojos de
Dios.
Nuestro amado Papa, emérito Benedicto XVI, sobre las vacaciones nos alertaba sobre cómo se ha de conducir por las carreteras. Con prudencia.
Cierto, no se puede conducir de cualquier manera, el conductor, si lleva un autobús, debe pensar en los pasajeros que lleva. Son muy tristes las noticias, de autobuses que llevando a niños terminaron en un grave accidente.
Ya había dicho en una reflexión anterior, que el alma no necesita llegar al agotamiento ¿como es posible?, muchas veces sucede así. Por el contrario, cuando vivimos en presencia de Dios, es decir, que siempre le tenemos presente, que no le damos la espalda, que no nos tapamos lo oídos, ni cerramos nuestros ojos. Pues existe una única manera de disfrutar de la vida, es viviendo en conformidad con la Voluntad de Dios, y amando intensamente a la Iglesia Católica, pues es por donde podemos encontrar a Jesucristo. Aunque ha sido el Señor quien nos ha encontrado, pues la obstinación de nuestros pecados nos apartan de Él. El Señor sabe que no deseamos continuar con la atadura de nuestros vicios y pecados, por eso ha venido, se ha acercado a nosotros, nos ha tendido su mano amorosa, nos ha enseñado el camino que es Él para llegar al Padre, mediante la Iglesia Católica. Cuando sabemos escuchar al Señor, aprendemos a ser prudentes en cualquier cosa que hagamos, pensemos.
Prudencia en las carreteras mis hermanos y hermanas. Voy a contaros algo que me sucedió hace años cuando iba en una excursión en un autobús. Aquel día, todos los compañeros, subimos para hacer una excursión, y visitar un museo. Los compañeros estaban muy contentos, aunque muy ruidosos, se quedaron en la parte de atrás del autobús, riendo a carcajadas. Los oía yo, que preferí sentarme en los asientos primeros, cerca del conductor. En esto, que veo que un camión, se desvía de su ruta, y directamente, se dirige para estrellarse contra el autobús. Al parecer el conductor del camión, en su cansancio se habría adormilado. El accidente estaba para producirse. Pero en el momento que me dirigí a los Sagrados Corazones de Jesús y María Santísima, el conductor del camión volvió en sí, y rectificó la ruta. Mientras el conductor del autobús, asustado, porque el choque iba a suceder, que ni siquiera pudo tocar el claxon para evitarlo. Pero una vez que el camionero, ya había pasado de largo, le dio por tocar el claxon repetidas veces, como enojándose con el camionero. Los compañeros al escuchar tanto estrépito, y supo del por qué de tanto claxon, empezaron a insultar al camionero. Yo di gracias a Dios, porque han sido los Corazones de Jesús y María Santísima, del que fuimos librado de un terrible accidente.
Bien, a continuación podremos meditar estas palabras del Papa emérito, Benedicto XVI. Seguimos orando por él.
Insistentemente hablamos de Dios, porque le amamos, no buscamos nada de lo que les interesan los idólatras. Somos cristianos, por eso vivimos como hijos e hijas de la Santa Madre Iglesia Catolica. El Señor nos ha mostrado que el camino de la salvación es mediante su Hijo Divino, y por eso, en la Iglesia Católica, Madre y Maestra, nos está facilitando todo para nos desviarnos de la salvación eterna.
No, algunos no nos olvidamos de que estamos en el Año de la Fe, mucho menos que la Nueva Evangelización, pues en esto rogamos al Señor que nos conceda la perseverancia.
Junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús,; Cristo nos espera en el Sagrario, no podemos perder el tiempo, porque es Dios quien nos espera.
Meditemos el siguiente discurso de nuestro querido Papa emérito: Benedicto XVI.
Los cristianos que somos
hijos de la Santa Madre Iglesia Catòlica, no debemos vivir según el mundo, sino
según Dios, también nos lo ha dicho su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito.
Esta es la ventaja de estar atento al Espíritu Santo, considerar las enseñanzas
de Su Santidad Benedicto XVI, que aunque haya retirado, seguimos aprendiendo de
sus enseñanzas.
¡Gloria y alabanza a Dios nuestro Padre por los siglos de los siglos, y a nuestro Señor y Salvador Jesucristo con el Espíritu Santo!
Pero, cuántos cristianos se han preocupado sin necesidad, "´¿qué será de la Iglesia si ahora ya no está el Papa?", este día 28 de febrero, había comentarios fuera de lugar, y por teléfono cuando una señora muy preocupada decía a Intereconomía, comentaba: "¿Qué habrá visto el Papa para que se marche del Vaticano?", y es que hay en la televisión, muy malos informadores, periodistas que dejan más confusos a los cristianos. En 13TV, tampoco los presentadores fueron de lo más correcto.
La mejor información se dió a través de Radio María. Bien, continuando.