Dios sea bendito ahora y por siempre, y la Santísima Madre de Dios
Todos nosotros, cuando tenemos a Cristo, siempre nos
alegramos que una persona se convierta a la fe de la Iglesia Católica, y para
no dar lugar al tentador, dedicarnos precisamente a la oración. Si estamos en
la Iglesia, y tenemos resentimientos es muy perjudicial para nosotros, pues en
lugar de Cristo tendríamos al pecado, y no reconocer su gravedad.
Si los ángeles del cielo se alegran por cada pecador que se
convierte de corazón, es ejemplo que debemos seguir, la alegría porque un
prójimo se ha hecho hermano nuestro por la fe, o un hermano que se había
descarriado, muerto por su apostasía, pero luego ha regresado a casa, con más
resolución de vivir una vida más santa y siempre en torno al Evangelio de
Cristo.
Si Cristo mismo, nuestro Dios, se alegra que el pecador se
convierta, ¿Por qué vamos a oponernos? Hay quienes se creen católicos y buenos
hijos, sin embargo, tienen un resentimiento extremadamente amargo en su
corazón. Pues en estos días, precisamente, uno de tantos enemigos de Dios, se
ha atrevido a blasfemar, condenando al Beato Pablo VI al infierno. Estos son
lobos con piel de oveja.
Nosotros debemos tener los
sentimientos de Cristo, su amor por las almas.
La tibieza nos arrastraba hacia la desesperación, hacia los caminos más oscuros del pecado, pero Dios nos llamó a una vida de santidad. Dios no puede soportar nuestros pecados, por tanto, tampoco nosotros debemos acostumbrarnos a nuestros vicios y pecados.
Cuando no tenemos vida de oración, nos vamos hundiendo cada vez más en una oscuridad, creíamos que seríamos felices si nos alejamos de la seguridad de la casa paterna. Pero no, fuera de la Iglesia Católica no puede haber auténtica libertad, sino dolor, angustia, amarguras, desesperación, y peor padecerá el alma, si no vuelve en sí, reflexionando, para ir corriendo de nuevo junto a Dios, arrepintiéndonos de todos nuestros pecados. Dios nos ama, pero no por que somos pecadores, sino porque quiere ayudarnos a salir de nuestras maldades, quiere hacernos santos y darnos la Vida eterna. Insistir en que Dios nos ama es una realidad.
Mi querido hermano, mi querida hermana, Cristo te acoge a ti, porque te ama, esto ya lo sabes, pero cuando lo sabemos desde el corazón, comprendemos que hemos de poner de nuestra parte para vivir como el Señor nos pide. Textos del Evangelios y comentarios pertenecen a la Biblia Didajé (Conferencia Episcopal Española)
Otros comentarios, del Evangelio de San Lucas, Comprender la Palabra.
Gloria
y alabanza a la Santísima Trinidad, bendita y alabada sea por siempre la
Bienaventurada Virgen María Madre de Dios.
Mis
hermanos y hermanas, llegamos al domingo, un día maravilloso, para disfrutarlo
meditando la Sagrada Escritura, y orando, dando gracias al Señor, ya sea en
soledad o en familia.
¿Quién puede vivir
sin contar con Cristo? ¡Nadie!, sin embargo, para los que quieren alejar a Dios
de su propia vida, ese tal, termina por hacerse esclavo del demonio, cuando
Dios nos ofrece la verdadera libertad, renuncian, y esto es lo que hacen los
inicuos, pero cuánto más se establezca leyes para hacer callar a la Santa Madre
Iglesia Católica y a los cristianos, más se extiende por el mundo la corrupción
en todos los sentidos.
Necesitamos a Cristo en cada momento de
nuestra vida. Una vez por semana no es suficiente, sino en cada instante es
necesario.
¿Cómo puedo llevarme bien con el prójimo si
hago oídos sordos a Cristo, creyendo que “cumplo” una vez por semana? O en
Navidad, Semana Santa, etc. El demonio no quiere darse ni un momento de
descanso: ¿y nosotros sí? ¿Es que es importante vernos sometidos por el
príncipe de las tinieblas?
Cuando vamos a encontrarnos con Cristo una
vez por semana, bueno, no todos vamos una sola vez a la semana, pues hay
personas que van cada día. Pues bien, los que van una vez por semana, ya que
cumplen también con su trabajo, nadie debe olvidarse del Señor, pues también en
el hogar, tras la jornada de trabajo, el tiempo que pierde ante la televisión,
bien se puede ocupar en la oración, en la meditación de la Sagrada Biblia,
interesarse plenamente por las lecturas del día, que no pudo atender en la
Misa, porque estaba trabajando, y en casa poder buscar esos textos bíblicos. La
oración del rosario con la familia, leer vidas de santo, su doctrina.
Por obligación o por amor.
Debemos preguntarnos, ¿voy a misa porque es
precepto, por obligación, o por amor?
Yo no comprendo cómo algunos dicen “ir a
Misa por obligación”, “obligado a hacer esto”, ¿tanto molesta al alma hacer las
cosas por obligación? Cuando el corazón del alma cristiana, está vacía de amor
de Dios, se siente como obligada a hacer esto o aquello. Cuando el ver la
televisión, ¿es por obligación? ¿Es menos importante la misa que atender
eventos profanos y paganos?
Si no amamos al Señor, todo se nos obliga.
Pero si le amamos, no vemos incomodidad que el Domingo como Día del Señor, es
también encontrarse con el Amado y recibirle en la Sagrada Comunión. El amor a
Dios nos purifica y nos santifica, cuando no hacemos las cosas por obligación.
¿No nos parece absurdo pensar que por
obligación es necesario la salvación?, pero hay condiciones para seguir y
obedecer a Cristo, y cuando lo hacemos, es desde el corazón, y salimos ganando.
Bendito sea el Señor nuestro Dios y Salvador Jesucristo, bendita sea la Purísima Madre de Dios y Madre Nuestra.
La alegría de ser cristiano, siempre con la mirada puesta en el Señor nuestro Dios, por eso no podemos desprendernos de la Sagrada Biblia, aprendemos a ser humildes. Cuando no somos fieles a Cristo, somos sometidos por el demonio a cualquier engaño, porque nos falta el remedio de la oración. Aceptemos las correcciones del Señor en nosotros y de la Santa Madre Iglesia Católica, y de nuestros pastores, que son fieles al Señor.
Doy gracias a Dios, porque en esta Domingo de la Misericordia, II Domingo de Pascua, se ha tenido muy presente la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo. En otras parroquias podríamos oír que a veces se habla de misericordia, pero en la práctica, es un olvido, incluso un rechazo de la esta solemnidad.
Tenemos que dar gracias a Dios, porque este
don de Dios, que el Papa Francisco, sobre el jubileo de la Misericordia, todo
este año, y debemos alimentar nuestro espíritu haciendo que la misericordia de
Dios entre en nosotros, para que, a su vez, la pongamos en práctica con el
prójimo. Pero la misericordia no puede separarse de la Justicia de Dios. El
cristiano como hijo de la Iglesia Católica, comprenderá mucho mejor el sentido
de la misericordia de Dios, cuando también practique la justicia. La Justicia
según Dios no es nada malo, nos ayuda a ver las cosas más clara.
Esta misma mañana, tomé esta foto. Había otra imagen, como un poster, lo habían colocado, cerca del altar.
Es posible que lo que escriba pueda incomodar a más de uno, pero si lo que pretendemos es santificarnos, necesitamos liberarnos de las esclavitudes del mundo y del propio yo, para que sea Cristo quien viva en nosotros. Lejos de nosotros debemos servirnos de Cristo para nuestro egoísmo.
Edificante reflexión de Benedicto XVI, la cruz de Cristo nos libera de
la muerte, nos abre a la Vida eterna. Hay quienes dicen, que Cristo fracasó,
precisamente porque murió en la cruz, nunca lo entendí así, esa mentira: “El
fracaso de Cristo al morir”, estas son mentiras que el demonio pone en la mente
de quienes no han comprendido el misterio de la cruz. Desde la primera vez que
leí el Evangelio, iba comprendiendo las victorias de Cristo desde que vino al
mundo, pero también todo lo que padeció, porque eran mucho los que no querían
volver su corazón a Dios, ellos, cuando el cristiano se deja dominar por la
tibieza, a cada paso fracasa, por no abrir su corazón a Cristo Jesús.
“Cristo ha fracasado” escuchaba yo hace años en mi pueblo, y esto me
indignaba, porque se estaba mintiendo a los feligreses. En las homilías no se
deben mentir, no se debe proclamar falsedades de ninguna forma. Pero se hace en
uno o en otro punto. Y la situación se agrava por momento, el espíritu
modernista, de quienes sean… que se han protestantizado, que han perdido todo
respeto por Cristo por complacer al mundo y al relativismo. Un sacerdote
católico con espíritu protestante no llega a descubrir su mal, y muchos
cristianos se protestantiza siguiendo esos ejemplos. Pero no todos los sacerdotes
se han dejado dominar por el error, sino todo lo contrario, hay sacerdotes que
son como otros Cristo, que le estamos viendo, pues saben expresarse conforme al
Espíritu Santo, como lo hacía el Santo Cura de Ars, San Pio da Pietrelcina y
otros, diciendo no, cuando hay que decir no, o sí, cuando se debe decir sí. Los
cristianos protestantizados van de fracaso en fracaso.
Pero volvamos al Evangelio, si tenemos el corazón bien dispuesto,
Jesucristo nos explica con claridad, es decir, cuando hemos vencido a nuestro
hombre viejo, cuando hemos superado una vita embotada y vacía, comprendemos
claramente las enseñanzas de Cristo, y no las torcemos para nuestra perdición.
No queremos manipular la Palabra de Dios según nuestra medida, porque nos
precipitaríamos a los más terribles tormentos del infierno por toda la
eternidad. Perdido el sentido grave del pecado, se ofende mucho al Señor.
Las enseñanzas del gran Papa Benedicto XVI, que muchos reconocen con verdad,
que está en la línea de los doctores de la Iglesia, además, en la actualidad es
alma de verdadera y profunda oración. Debemos orar por él, siguen siendo de
gran ayuda para todos los hijos e hijas de Dios, los pertenecientes por el
Sacramento del Bautismo: hijos de la Iglesia Católica, hermanos y hermanas
nuestros. Todos somos de Dios, únicamente en Cristo Jesús, en la perseverancia
de la Voluntad de Dios.
Hay católicos que se rebelan contra Cristo, estos no están en comunión
con la Iglesia Católica, no dan muestras de querer ser hermanos nuestros, y conforme
a Cristo no lo son.
Muramos a nuestro yo, a nuestro hombre viejo, para comprender la
belleza de una vida conforme a la que Cristo nos ha enseñado. Decir sí a Dios,
es decir no a nuestros miserables caprichos. Los caprichos no son caminos de
vida, sino de amargura y destrucción. La vida del mundo es camino de muerte
eterna. Pero Cristo ha venido a salvarnos, debemos tener siempre presente a
Cristo que nos ama.
Meditemos, insisto en ello, no perdamos detalles en esta enseñanza de
Cristo, si somos de Cristo, ya no hacemos las cosas ocurrentes, “lo que nos dé
la gana”, que sería buscar nuestra perdición. Si Cristo nos manda lo que
tenemos que hacer, y lo sabemos cuándo leemos el Nuevo Testamento repetidas
veces, siempre. Pertenecer a Cristo es haber triunfado sobre el hombre viejo,
triunfo sobre la mundanidad; triunfo sobre la renuncia de los eventos paganos,
deportes, bailes, disfraces, diversiones profanas, etc. Si queremos que Dios
nos reconozca en la imagen de su Hijo Jesús, no podemos permitirnos una vida de
soñadores, pues el demonio se aprovecha mucho de ellos. Nosotros necesitamos
vivir la realidad, bien despiertos en la espera del Señor, que, con la cruz,
podemos alcanzar la Vida eterna
San Pablo tuvo la experiencia personal con Cristo, pero amaba también a sus hermanos. Amor que lo había alcanzado en Cristo. Pues antes de conocer a Cristo, no veía con buenos ojos a los cristianos. Pero desde Cristo se le mostró. También a nosotros se nos muestra Cristo, si nos acordamos por el sacramento del Bautismo que hemos sido liberado de la muerte del pecado, de las tinieblas del mundo a la luz de Cristo. La influencia del mundo, debemos suplicar al Señor noche y día que nos libere de él, para que tengamos verdadera vida, y perseveremos en el amor de Dios.
A mayor gloria y alabanza de la Santísima Trinidad;
Bendita por siempre la Santísima Madre de Dios, la Llena de Gracia.
Mis buenos hermanos y hermanas.
Cuando el sacerdote se reviste para la Santa Misa, sin omitir ninguna parte de los ornamentos litúrgicos, propios del tiempo, y lo hace por santa obediencia. Además, la Iglesia se ha pronunciado en esto, que el sacerdote debe revestirse. Pero todavía hay resistencia a la obediencia. No todos los sacerdotes obedecen al Espíritu Santo. Y esto no ayuda a la santidad de los fieles.
He observado el desinterés por las rúbricas, el desprecio que se le somete, como si la idea personal está por encima de las rúbricas, no todos se preparan para la celebración de la Santa Misa, no hay oraciones, según los momentos de la liturgia, por parte de algún sacerdote, y todo aprisa sin respeto. Qué triste vida es no progresar en la piedad, en la vida de santidad, y no tener remordimientos de conciencia cuando se ofende gravemente a Dios. Años atrás escuchaban como algún sacerdote llegaba a blasfemar, y recientemente he oído la misma blasfemia. Esto entristece a Jesucristo, lo escarnecen los malos cristianos. Dios nos ama, y no tenemos derecho a rebelarnos contra Él. Si vemos mal ejemplo por parte de alguna persona que se dice cristiana, hemos de romper con Él, pues debemos tener preferencia a Cristo, nuestra vida debe ser exclusiva para Cristo Jesús nuestro Señor.
Cada vez se hace notar más en nuestros ambientes, que cuando se habla de misericordia, no hay misericordia con la Sagrada Escritura, no hay misericordia con los intereses de Cristo, se escogen del Evangelio: --“esto sí, pero aquello no” --, cuando están relacionados en el mismo sentido hacia la santidad y conversión del corazón. ¡Qué tremendo que esta nueva especie de misericordia, no hay conocimiento de las enseñanzas de Cristo! Y la descristianización sigue adelante. Aunque han dado detalles del crecimiento de las personas que se convierte al catolicismo, pero uno no es católico “porque sí” por apariencia, hay algo más profundo, pero que no se comprende el verdadero sentido de la conversión del corazón. Que debe haber un cambio radical, dejar de ser del mundo. Un cristiano mundano no es un verdadero convertido, porque sigue arrastrando consigo las mismas cosas que el hombre viejo. No es lo mismo ser católico de nombre que de convencimiento por las enseñanzas de Jesucristo.
Otra observación, sobre nuestro camino de aprendizaje. Pues también es mencionado en esta meditación del bienaventurado Papa Emérito Benedicto XVI, que el cristiano tiene la posibilidad de aprender de Cristo. Los que no han comprendido el sentido de la fe cristiana, se aferran: “aprender de nuestros errores, o de los errores del prójimo”, ciertamente no buscan aprender de Cristo, y así les van las cosas, errores y más errores que no son capaces de encontrar, porque no han encontrado a Cristo que lo podrían ayudar. La expresión “aprender de los errores” no tiene origen bíblico, no procede del Espíritu Santo, sino de quienes, como he referido, los que tienen su corazón en la ponzoña del mundo.
A vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, que buscáis el conocimiento de Cristo, aprender de Él, que a todos nos ayuda a limpiarnos de nuestros errores y de nuestros pecados y vicios. Todos nosotros estamos tras las huellas de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y es de Él, por lo que debemos aprender todo lo que el Señor quiere. Los que son del mundo, se consuelan en esos errores: "aprender de los errores", pero sabemos que nuestros errores no son nuestros educadores en el conocimiento de la verdad.
¿Hay pastores que se preparan mientras se revisten, hablando sin ton ni son, en vez de las oraciones que la Iglesia ha determinado para distintos momentos? Desgraciadamente sí los hay, incluso lo pasan divertido mientras se encaminan hacia lo que debe ser reverente al Señor. La posibilidad de corregirse está a disposición de todas las almas, sean sacerdotes o no lo seamos. Pues lo que pretendo al escribir esto, es que amemos de corazón al Señor nuestro Dios, que honremos al Altísimo, pues cuando esto se cumple, sabremos amar a nuestros prójimos en el mismo sentido del Corazón de Cristo Jesús. Le necesitamos todos.
Hoy como Jueves Santo, necesitamos tomar en serio lo que el Señor nos pide, si queremos salvarnos, no según nuestra mentalidad y condiciones, sino conforme a Cristo Jesús.
Pongamos atención, meditemos atentamente a estas enseñanzas de Benedicto XVI, si es preciso releerlo nuevamente, descubriendo cada detalle. Buscando como siempre, la gloria de Dios.
Este capítulo: Cristo, Rey del Universo, es un poco extenso por algunas homilías de San Juan Pablo II y Benedicto XVI, debemos reflexionar sobre los intereses de Cristo y no apartarnos de la Voluntad de Dios.
Dios sea bendito ahora y por siempre, En la actualidad es importante que todo sacerdote perfeccione sus homilías. Y efectivamente, porque cuando el sacerdote se pasa horas ante el Santísimo, se deja llevar por el Espíritu Santo, en las homilías permite la ayuda del Espíritu Santo, y que importante que persevere.
Doy gracias a Dios por todos los que han llegado a sus casas, sanos y salvos, de estos viajes de Semana Santa y asistir a las ceremonias religiosos, a los oficios divinos.
Pasó el tiempo de Cuaresma.
Muchos tenemos muy claro que la Cuaresma es un tiempo de preparación interior.
La Semana Santa, siempre en compañía de Jesús, reflexionar todo lo que hizo por nosotros, lo que quiso sufrir por nuestro amor, no podemos olvidarnos de Cristo, ¡jamás!
Cuando yo leí una noticia sobre la renuncia de Benedicto XVI el 11 de febrero de 2013, yo no me lo creí, porque los rumores no son noticias, pueden ser verdadera o falsa, luego estuve buscando, me iba a fuentes más seguras, no eran los medios fiables católicos que anunciaban esa renuncia. Pero en el mismo día, se confirmaba por un medio católico, ahora no recuerdo cual era.
Del Evangelio (Mt 5,13-16): En
aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la
tierra. Mas si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para
nada más que para ser tirada fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». (Santa Biblia Edición Conferencia Episcopal Española)
El Papa Francisco dice que hay que Dios perdona a quien obedece
su conciencia. Pero una conciencia bien formada, instruida en la fe, no puede
cometer pecado, no puede cometer abusos a la Divina Misericordia.
Algunos dicen, después de haber cometido un acto reprobable: “Mi
conciencia no me dice nada, me siento tranquilo”, sin embargo, sigue cometiendo
los mismos males, pecados y vicios: “la conciencia no me dice nada”
·Papa Francisco: “En primer lugar, me pregunta si el Dios de los
cristianos perdona a los que no creen y no buscan la fe. Teniendo en cuenta que
--y es la clave-- la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a
Él con un corazón sincero y contrito, la cuestión para quienes no creen en Dios
es la de obedecer a su propia conciencia. El
pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la
conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se
percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la
maldad de nuestras acciones.” (Roma, . El
papa Francisco
abre un diálogo público con los no creyentes. - Zenit.org )
A mi parecer, que solo desde la fe dela Iglesia Católica, la conciencia puede ser
rectamente formada, pero no nos quedamos en la superficialidad, ya que una
conciencia bien formada, nos lleva por el camino de la caridad, de la humildad
de corazón para permanecer con Cristo.
Yo siempre he entendido, que si Dios perdona mis pecados, es
cuando busco el arrepentimiento. Pero sería trágico para un alma, que no cree
en Dios, tampoco creerá en el perdón del Señor; o que le dará igual ser
perdonado como que no. Yo encuentro un tanto extraño, el párrafo.
Si para el creyente, para nosotros los cristianos que amamos la
Iglesia Católica, todavía encontramos defectos en nuestra conciencia, por su no
completa formación, sabemos que para gozar del perdón de Dios necesitamos el
sacramento de la penitencia, y es desde ahí que Dios perdona nuestros pecados,
porque nos hemos arrepentidos, y nos esforzamos por no recaer en los pecados y
vicios que corrompen nuestra vida de fe.
Para
los que no creen ni buscan la fe, dice el Apóstol San Pedro: «Si el justo se salva a duras penas ¿en qué
pararán el impío y el pecador?» (1 Pedro 5, 18). La Palabra de Dios nos
habla sobre la importancia de la fe, para que nos reconozcamos necesitados del
perdón de Dios y caminar con Cristo Jesús.
Una persona sin
fe, es como un cadáver (cfr St 2, 26); «La Fe es fundamento de lo que se
espera, y garantía de lo que no se ve» (Hb, 11, 6), sin fe es imposible
complacer a Dios (cfr Hb, 11, 6), con la fe nos apartamos de la mundanidad y de
toda clase de idolatría. ¿Dios nos perdona si no tenemos fe, ni le buscamos? «Y
si el justo a duras penas se salva, ¿Qué será
del impío y pecador? (1Pe 4, 18). Pero el Señor siempre desea perdonarnos,
y nos da soluciones para conseguir su perdón y comenzar con una vida de gracia
y santidad, o recuperarla si por culpa nuestra nos hemos desviados del camino
de la santidad.
Pues aquello que pudiera ser “conciencia”, podría ser una
sugestión maligna, diabólica para cometer abominaciones y crímenes, y “la
conciencia no da la voz de alarma”
Hay quienes ha dicho: “una voz me ha dicho que cometa esta acción”,
y se ha imaginado que es de su propia conciencia.
En la respuesta que el Papa Francisco a un no creyente, añadía: “”El pecado, aún para los que no tienen fe,
existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de
hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo.”
Hoy día, muchos cristianos ha perdido la conciencia recta, la
gravedad del pecado, ya no le da tanta importancia, que justificando incluso
acciones mundanas y perversas, aprobando ciertas cosas que Dios ha reprobado y
condenado, no sienten remordimiento de conciencia. Aún cuando comulgan, lo
hacen sin fe, sin amor ni reverencia a Dios. Y asi como San Pedro decía lo
dificultoso que es la salvación para el justo, Jesús enseñaba sobre los que
optan por el camino ancho que lleva a la perdición. Muchos querrán entrar y no
podrán.
El pecado existe, tanto para los que tienen fe y no lo tienen,
no porque no se crea en Dios, ya el pecado no será pecado; no porque algunos
han perdido el sentido grave del pecado, ya no existe. El pecado sin duda, es una realidad presente, entonces sí que se
comprende esta enseñanza. La existencia del pecado.
El pecado es siempre un atentado contra la propia conciencia.
Cuando más se peca contra la conciencia, llega un momento, en que deja de
sentir remordimientos, la costumbre de pecar, ha endurecido su corazón, dejando
su conciencia adormecida, insensible.
Pero dirán alguno, “no exageres, que Dios es eternamente
misericordioso, y enseguida nos perdona”. Otros podrían decir: “esto es un
chollo, puedes pecar y confesarte, y ya estás perdonado, y volver a pecar” Esto
significa, que en la hora de la muerte, no se arrepentirá de sus pecados, aún
más, terminaran desesperados y lanzará gritos de dolor, y alaridos, no querrán
confesarse.
En uno de los sermones o consideraciones de San Alfonso María de
Ligorio, nos abre los ojos:
PUNTO 2
Dirá, quizá,
alguno: «Puesto que Dios ha tenido para mí tanta clemencia en lo pasado, espero
que la tendrá también en lo venidero.» Mas yo respondo: «y por haber sido Dios
tan misericordioso contigo, ¿quieres volver a ofenderle?» «¿De ese modo--dice
San Pablo-desprecias la bondad y paciencia de Dios ? ¿Ignoras que si el
Señor te ha sufrido hasta ahora no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino
para que te duelas del mal que hiciste?» (Rm 2, 4). y aun cuando tú, fiado en
la divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la retirará. «Si
vosotros no os convirtiereis, entensará su arco y le preparará (Sal. 7,
13). Mía es la venganza, y Yo les daré el pago a su tiempo (Dt., 32,
3S). Dios espera; mas cuando llega la hora de la justicia, no espera más y
castiga.
Aguarda Dios
al pecador a fin de que se enmiende (Is., 30, 18); pero al ver que el tiempo
concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, válese de
ese mismo tiempo para ejercitar la justicia (Lm.,
I, 15). De suerte que el propio tiempo concedido, la misma misericordia
otorgada, serán parte para que el castigo sea más riguroso y el abandono más
inmediato. «Hemos medicinado a Babilonia y no ha sanado. Abandonémosla»
(Jer., 51, 9).
¿Y cómo nos abandona Dios? O envía la muerte al pecador, que así muere sin
arrepentirse, o bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la
gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se
salvará. Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos
hábitos, será la salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en
absoluto, a lo menos moralmente abandonado. «Le quitará su cerca, y será
talada…» (Is., 5, 5). ¡Oh, qué castigo! Triste señal es que el dueño rompa
el cercado y deje que en la viña entren los que quisieren, hombres y ganados: prueba
es de la abandona.
Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de
los remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran
en ella todos los monstruos del vicio (Sal. 103, 20). y el pecador,
abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria,
avisos, consejos y excomuniones; se burlará de su propia condenación (Pr.,
18, 3).
Le dejará Dios
en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. «Apiadémonos del impío…; no aprenderá (jamás) justicia»
(Is. 26, 10). Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo (Serm, 42, in Cant):
«No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira».
Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer,
no le pida cuenta de ellos (Sal. 10, 4). Diríase que no se indigna contra él
(Ez., 16, 42) y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea (Sal. 80,
13). ¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es
que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna!
Pregunta Jeremías (Jer., 12, 1): «¿Por qué el camino de los impíos va en
prosperidad?» y responde en seguida (Jer., 12, 3) : «congrégalos como el
rebaño para el matadero.»
No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir
pecados a pecados, según lo que dice David (Sal. 68, 28-29): «Ponles maldad
sobre maldad… Borrados sean del libro de los vivos»; acerca de lo cual dice San
Belarmino: «No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado.»
Más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado
el Señor le hubiera hecho morir; porque muriendo
después, padecerá tantos infiernos como pecados hubiere cometido.
PUNTO 3
Refiérese en la Vida del Padre Luis de Lanuza que cierto día dos amigos estaban
paseando juntos en Palermo, y uno de ellos, llamado César, que era comediante,
notando que el otro se mostraba pensativo en extremo, le dijo: «Apostaría a que
has ido a confesarte, y por eso estás tan preocupado. Yo no quiero acoger tales
escrúpulos... Un día me dijo el Padre Lanuza que Dios me daba doce años de vida
y que si en ese plazo no me enmendaba tendría mala suerte. Después he viajado
por muchas partes del mundo; he padecido varias enfermedades, y en una de ellas
estuve a punto de morir. Pero en este mes, cuando van a terminar los famosos
doce años, me hallo mejor que nunca. ..». y luego invitó a su amigo a que
fuese, el sábado inmediato, a ver el estreno de una comedia que el mismo César
había compuesto y en aquel sábado, que fue el 24 de noviembre de 1668, cuando
César se disponía a salir a escena, dióle de improviso una congestión y murió
repentinamente en brazos de una actriz. Así acabó la comedia.
Dirás, acaso, que en dónde está ese modo de misericordia de Dios… ¡Ah,
desdichado! ¿No te parece misericordia el haberte Dios sufrido tanto tiempo con
tantos pecados? Prosternado ante Él y con el rostro en tierra debieras estar
dándole gracias y diciendo: «Misericordia del Señor es que no hayamos sido
consumidos» (Lm., 3, 22).
Pues bien,
hermano mío; cuando la tentación del enemigo te mueva a pecar otra vez si
quieres condenarte puedes libremente cometer el pecado; mas no digas que deseas
tu salvación. Mientras quieras pecar, date por condenado, e imagina que Dios
decreta su sentencia, diciendo: «¿Qué más
puedo hacer por ti, ingrato, de lo que ya hice?» (Is., 5. 4). y ya que
quieres condenarte, condénate, pues… tuya es la culpa.
Al cometer un solo pecado mortal incurriste en delito - mayor que si hubieras
pisoteado al primer soberano del mundo. y tantos y tales has cometido que si esas
ofensas de Dios las hubieses hecho contra un hermano tuyo, no las hubiera éste
sufrido… Más Dios no sólo te ha
esperado, sino que te ha llamado muchas veces y te ha ofrecido el perdón.
¿Qué más debía hacer"? (Is., 5, 4).
Si Dios tuviese necesidad de ti, o si le hubieses honrado con grandes
servicios, ¿podría haberse mostrado más clemente contigo? Así, pues, si de
nuevo volvieras a ofenderle, harías que su divina misericordia se trocara en
indignación y castigo.
Si aquella higuera hallada sin frutos por su dueño no los hubiera dado tampoco
después del año de plazo concedido para cultivarla, ¿quién osaría esperar que
se le diese más tiempo y no fuese cortada? Escucha, pues, lo que dice San
Agustín: « ¡Oh árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la segur. ¡Mas no
te creas seguro, porque serás cortado! Fue aplazada la pena-expresa el Santo-,
pero no suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te
alcanzará: serás cortado.»
¿Esperas, por tanto, a que el mismo Dios te envíe al infierno? Pues si te
envía, ya lo sabes, jamás habrá remedio para ti. Suele el Señor callar, mas no
por siempre. Cuando llega la hora de la justicia, rompe el silencio.Esto
hiciste y callé. Injustamente creíste que sería tal como tú. Te argüiré y te
pondré ante tu propio rostro (Sal. 49, 21). Te pondrá ante los ojos los actos
de divina misericordia, y hará que ellos mismos te juzguen y condenen.
«Preparación para la muerte», de San Alfonso María de Ligorio,
paginas 147-155.
Démonos cuenta que la Misericordia de Dios, nos encamina al
arrepentimiento absoluto de nuestros pecados y vicios, no es volver al vómito
del pecado, sino perseverar en su Santísima Voluntad.
¡Qué terrible que el que está habituado en el pecado, ya no
sienta remordimiento de conciencia! Dios nos espera porque quiere
recompensarnos en el momento en que le digamos perdón con sincero corazón, se
requiere verdadero dolor de los pecados.
Comenté en alguna ocasión, que en la JMJ Madrid 2011, nuestro
grupo parroquial, que el que quisiera confesarse podría acercarse a uno de los confesonarios,
y así fue Pasado los minutos, de nuevo nos reuníamos en la zona del parque. Uno
de ellos dijo a otros jóvenes, “En la confesión no me he confesado todos los
pecados, he engañado al sacerdote”. El que obra así, no desea arrepentirse de
sus pecados, como vemos, si confiesan, porque otros han insistido que lo haga,
o por el qué dirá, es capaz de cometer sacrilegio en la confesión, como también
en la Sagrada Comunión. Y en la mala conducta, no sentir remordimientos, es el
peor castigo que ya el alma puede padecer en este mundo.
·San Agustín: « ¡Oh árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la
segur. ¡Mas no te creas seguro, porque serás cortado! Fue aplazada la pena,
pero no suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te
alcanzará: serás cortado.»
Para el cristiano que ha perdido el sentido del pecado termina
por corromperse,
«Conozco tu conducta: no
eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que
eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.» (Ap 3,
15-16)
Es peor el tibio que el que no cree. Pues el tibio puede un día terminar
en apostasía y luchar contra la Iglesia Católica como ya ha sucedido. Pero
antes, sentirá ciertos remordimientos en la conciencia, algo que se puede
evitar cuando más profundamente nos dediquemos a la vida de oración, a vivir
conforme a Cristo, y así, los pecados no nos dominarán. Porque con la vida de
gracia, Dios es quien nos ayuda a vencer la maldad.
Para formar rectamente la conciencia, no nos podemos bastar
nosotros mismos, pues necesitamos ayuda espiritual, que Dios puede poner en
nuestro camino. Una buena dirección espiritual, la obediencia humilde al
sacerdote que está muy unido a Cristo y ama intensamente a la Iglesia Católica
que es fiel con su vocación sacerdotal, que no es mundano, y no tiene aficiones
idolátricas, pues como había dicho lo de estar muy unido a Cristo. Porque así
no expone ideas propias, sino la sabiduría del Espíritu Santo.
Leyendo a San Alfonso María de Ligorio, aprendemos que no
siempre es fácil encontrar un sacerdote que nos ayude en los temas espirituales
y vida de santidad, y por eso, un buen libro de doctrina espiritual, también
puede ser ayuda a formar nuestra conciencia.
En estos tiempos, tenemos las enseñanzas del Bienaventurado
Benedicto XVI, que es una importantísima guía espiritual, que nos ayuda a vivir
más plenamente el Evangelio de Cristo.
Y no descuidemos las palabras del Papa Francisco que nos encamina
hacia un Evangelio más radical, al modo de los santos, podemos aprender
muchísimo bien. Debemos tomar en serio, perseverar en estas enseñanzas que nos
lleva a la salvación eterna. Pero no todos comprenden sus enseñanzas, y no tarda
mucho tiempo, en que lo bueno que han escuchado, es como la parábola de Jesús, la
semilla buena del sembrador que cae en mala tierra, y no crece, se seca y se
muere.
Una conciencia mal formada, y que le cuesta corregirse, cuando
hace aparentar que gusta un pensamiento espiritual, suelen responder con
expresiones sin sentido, por ejemplo; -“graciasssssss”-, para ser tierra buena,
necesita una buena formación, porque con estas y otras exclamaciones parecidas,
se hace notar con una mala disposición, que sólo Dios sabe si cambiará o no. Pero
no son expresiones cristianas, sino mundanas, como si fuera un desafío a la
madurez cristiana, que no quiere cambiar.
Pero gracias a Dios, en las redes sociales, me he encontrado
cristianos muy comprometidos con su propia fe, unos casados, otros sacerdotes, encontramos
almas consagradas en una orden religiosa, también los hay seglares. Se toman en
serio su oposición a lo mundano para ir creciendo en los auténticos valores
espirituales y santos. Estas personas también pueden ayudarnos a corregir
nuestros propios defectos.
Son personas que viven para gloria de Dios, que de verdad se
preocupan de sus hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia Católica que es
Madre y Maestra.
Mensaje a los participantes en un curso de la
Penitenciaría Apostólica
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 16 de marzo de 2009 (ZENIT.org).-
Ofrecemos a continuación el texto completo del mensaje que el Papa Benedicto
XVI ha enviado a los participantes en un curso sobre el Fuero Interno,
organizado por el Tribunal de la Penitenciaría Apostólica.
*******
Al
Venerado Hermano
señor
cardenal James Francis Stafford
Penitenciario
Mayor
Con satisfacción, también este
año, me dirijo con afecto a usted, señor cardenal, y a los queridos
participantes en el curso sobre el Fuero Interno, promovido por esta
Penitenciaría Apostólica y que ha llegado ahora a su XX edición. Saludo a todos
con afecto empezando por usted, venerado hermano, extendiendo mi grato
pensamiento al Regente, al personal de la Penitenciaría, a los organizadores de
este encuentro, como también a los religiosos de las distintas órdenes que
administran el sacramento d ella penitencia en las Basílicas Papales de Roma.
Esta benemérita iniciativa
pastoral vuestra, que atrae cada vez más interés y atención, como lo atestigua
el número de cuantos quieren formar parte de ella, constituye un seminario
singular de actualización pastoral, cuyos resultados no confluirán, como en las
Actas de otros congresos, solo en una publicación al caso, sino que se
convertirán en materiales útiles a los participantes para proporcionar
respuestas adecuadas a cuantos se encuentren durante la administración del
sacramento de la penitencia. En este nuestro tiempo, constituye sin duda una de
nuestras prioridades pastorales el
formar rectamente la conciencia de los creyentes para que, como he podido
reafirmar en otras ocasiones, en la
medida en que se pierde el sentido del pecado, aumentan por desgracia los
sentimientos de culpa, que se quisieran eliminar con remedios paliativos
insuficientes. En la formación de las conciencias contribuyen múltiples y
preciosos instrumentos espirituales y pastorales que hay que valorar cada vez
más; entre estos me limito a señalar hoy brevemente la catequesis, la
predicación, la homilía, la dirección espiritual, el sacramento de la
Reconciliación y la celebración de la Eucaristía.
Ante todo, la catequesis. Como
todos los sacramentos, también el de la Penitencia requiere una catequesis
previa y una catequesis mistagógica para profundizar el sacramento “per
ritus et preces”, como bien subraya la Constitución litúrgica Sacrosanctum
Concilium del Vaticano II (cfr n. 48). Una catequesis adecuada ofrece una
contribución concreta a la educación de las conciencias estimulándolas a
percibir cada vez mejor el sentido del pecado, hoy en parte perdido o, peor,
oscurecido por un modo de pensar y de vivir “etsi Deus non daretur”,
según la conocida expresión de Grocio, que está ahora de gran actualidad, y que
denota un relativismo cerrado al verdadero sentido de la vida.
A la catequesis debe unirse un
sabio uso de la predicación, que en la historia de la Iglesia ha conocido
formas diversas según la mentalidad y las necesidades pastorales de los fieles.
También hoy, en nuestras comunidades se practican estilos diversos de
comunicación que utilizan cada vez más los modernos instrumentos telemáticos a
nuestra disposición. En efecto, los actuales media si por un lado
representan un desafío con el que medirse, por otro ofrecen oportunidades
providenciales para anunciar de forma nueva y más cercana a las sensibilidades
contemporáneas la perenne e inmutable Palabra de verdad que el Divino maestro
ha confiado a su Iglesia. La homilía, que con la reforma querida por el
Concilio Vaticano II ha vuelto a adquirir su papel “sacramental” dentro del
único acto de culto constituido por la liturgia de la Palabra por la de la
Eucaristía (SC 56), es sin duda la forma de predicación más difundida, con la
que cada domingo se educa la conciencia de millones de fieles. En el reciente
Sínodo de los Obispos, dedicado precisamente a la Palabra de Dios en la
Iglesia, diversos padres sinodales insistieron oportunamente en el valor y la
importancia de la homilía para adaptarla a la mentalidad contemporánea.
También la “dirección espiritual” contribuye a formar las conciencias. Hoy más
que nunca se necesitan “maestros de espíritu” sabios y santos: un importante
servicio eclesial, para el que es necesaria sin duda una vitalidad interior que
debe implorarse como don del Espíritu Santo mediante la oración prolongada e
intensa y una preparación específica que adquirir con cuidado. Todo sacerdote
además está llamado a administrar la misericordia divina en el sacramento de
Penitencia, mediante el cual perdona en nombre de Cristo los pecados y ayuda al
penitente a recorrer el camino exigente de la santidad con conciencia recta y
formada. Para poder llevar a cabo un ministerio tan indispensable, todo
presbítero debe alimentar su propia vida espiritual y cuidar la permanente actualización
teológica y pastoral. Finalmente, la conciencia del creyente se afina cada vez
más gracias a una devota y consciente participación en la Santa Misa, que es el
sacrificio de Cristo para la remisión de los pecados. Cada vez que el sacerdote
celebra la Eucaristía, recuerda en la Plegaria Eucarística que la Sangre de
Cristo se derramó para el perdón de nuestros pecados, por lo que, en la
participación sacramental en el memorial del Sacrificio de a Cruz, se realiza
el pleno encuentro de la misericordia del Padre con cada uno de nosotros.
Exhorto a los participantes en el
Curso a atesorar cuanto han aprendido sobre el sacramento de la Penitencia. En
los diversos contextos en que se encontrarán viviendo y trabajando, procuren
mantener siempre vivos en sí mismos la conciencia de deber ser dignos
“ministros” de la misericordia divina y educadores responsables de las
conciencias. Que se inspiren en el ejemplo de los santos confesores y maestros
espirituales, entre los cuales quiero recordar particularmente al Cura de Ars,
san Juan María Vianney, de quien precisamente este año recordamos el 150
aniversario de su muerte. De él se ha escrito que “durante más de cuarenta años
guió de modo admirable la parroquia a él confiada... con la predicación asidua,
la oración y una vida de penitencia. En la catequesis que impartía cada día a
niños y a adultos, en la reconciliación que administraba a los penitentes y en
las obras impregnadas de esa caridad ardiente, que él obtenía de la santa
Eucaristía como de una fuente, avanzó hasta tal punto que difundió en todo
lugar su consejo y acercó sabiamente a muchos a Dios” (Martirologio, 4
agosto). He aquí un modelo al que mirar y un protector al que invocar cada día.
Vele finalmente sobre el
ministerio sacerdotal de cada uno la Virgen María, a la que en el tiempo de
Cuaresma invocamos y honramos como “discípula del Señor” y “Madre de la
reconciliación”. Con estos sentimientos, mientras os exhorto a cada uno a
dedicaros con empeño al ministerio de las confesiones y de la confesión
espiritual le imparto de corazón a usted, venerado hermano, a los presentes en
el Curso y a sus seres queridos mi Bendición.
En el Vaticano, 12 de marzo de
2009
BENEDICTUS
PP. XVI
[Traducción del original italiano por
Inma Álvarez]
¿No es triste que ya queda menos para pasar del Año de la Fe, y que haya cristianos que no han comenzado a dar el primer paso? Han dejado de creer en Cristo, pues todo el que ama a Cristo, no se cuida de las cosas mundanas, eventos deportivos, tauromaquia, disfraces, chistes, etc? Son pobres amas que no se han tomado en serio los intereses de Cristo, no han empezado a valorar la santidad, ni la vida de Fe.
Damos gracias a Dios, por esos hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia Católica, porque en este año de la fe, han sabido aprovechar y valorar las enseñanzas de la Iglesia Católica y de nuestros Papas, sobre el camino que cómo cristianos hemos emprendido para complacer a Dios nuestro Padre.
Hoy estamos a dos de agosto, el día 1 precisamente tenía que haber compartido esta reflexión, pero por asuntos que Dios conoce, no lo hice. Pero no por eso, al menos un servidor, no puedo de olvidarme de San Alfonso María de Ligorio, me ayudó mucho en los momentos que más necesitaba, sobre la confesión, sobre el amor a Jesús, a María Santísima. Pues no llegaba a encontrar ayuda espiritual en mi ciudad, que se tomara muy en serio, mi vida. Jesús por medio de este santo, también por el Papa Juan Pablo II, Benedicto XVI, fuero los impulsores de mi conversión, aunque ya se había adelantado la Santísima Madre de Dios, que arrancó mi vida del infierno en que yo estaba pasando. Pues Jesús me envió a la Madre de Dios, como luego a los demás ya mencionados.