jueves, 1 de marzo de 2012

«Y en el camino...»

Breve reflexión:

Cuando de verdad amamos el camino de la oración, vamos a comprender que es más necesario que la necesidad del aire que respiramos. La oración es la vida del alma, sin oración el alma enferma, agoniza y muere. Y si muere, nuestra vida esta muerta.
La oración nos llevará a la caridad, si descubrimos que nuestro corazón siente resentimiento aún cuando oramos, hemos de comprender que esa oración no está dirigida a Dios sino al “yo”, buscando la complacencia de la gente y no de Dios.
No estamos en el camino de la salvación si cuando vamos a la iglesia, lo que menos hacemos es orar, pero sí aplaudir o invitar a que la gente aplauda, si se comete estos desordenes en Cuaresma, en el tiempo actual, es que no queremos convertirnos; hemos sido seducidos por el diablo, para que ofendamos al Señor en su Casa de Oración, hablando a grandes voces, en risas, en ir al encuentro de Jesucristo pero sin fe, ni la reverencia, ni el respeto, ni la devoción necesaria. Y la oración no es oración verdadera, sino una estratagema del enemigo infernal, para hacer burlas y desprecios a Dios.

  • «Y no saludéis a nadie en el camino.» (Lc 10, 4), cuando estemos en camino, Cristo debe ser nuestro compañero de camino, hablar con Él; también con María Santísima en el Santo Rosario, que hemos de repetir a lo largo del día.
El alma ha de reflexionar, que si lleva este tipo de vida, ¿Qué espera el final de su vida con tantas infidelidades  al Señor? Puede cambiar, si quiere, el Señor concede las necesarias facilidades para la conversión.
El pecado es enemistad con Dios. Dios ama al pecador pero aborrece nuestros vicios y pecados. Cuánto más pecado en la vida del pecador, es el mismo pecador incorregible  que no es capaz de querer al Señor. El Señor quiere acercarse al pecador, no por sus pecados, sino porque quiere curarle con; que por otra parte, cuando el alma quiere llegar a la curación total, no debe retroceder, no debe poner la vista atrás, no debe consentir que su corazón debe dirigirse hacia otro camino distinto a lo que Cristo quiere de nosotros. No olvidemos aquellas palabras del Señor: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor.» (Jn 5, 14), en la confesión es necesario después cumplir la penitencia que el sacerdote nos imponga.
Hay quienes dicen, que es bueno ser cristiano, porque si se peca muchas veces se confiesa, y no importa cometer más pecados, con tal de pedir perdón, se nos vuelve a pecar. A estas almas, le han sucedido eso que es peor, que cuando comete pecado, no tienen la intención de enmendarse, y pierden en algún momento, el sentido del pecado. Y en el pecado la muerte le sorprenderá. Hay quienes dicen: “Yo no tengo pecado”, y está convencido de ello, pues llegan a cometer en estado de adulterio e inmoralidades, sacrilegios en la confesión y en la comunión.

Terrible es la oración atropellada y apresurada, que no reconoce el alma, el mal que se hace así mismo. Que no reconoce que la paciencia del Señor, es para una conversión sincera, no es un volver al vomito del pecado.

Todos queremos alcanzar la salvación eterna, por eso el alma, no debe tratar a Dios cuando ora, de forma irreverente y torpe, porque se perjudica así mismo.

Y conociendo la importancia de la oración, que debemos orar en todo momento, no necesitamos interrumpirlo, aún cuando vayamos por la calle, y alguien quiera conversar con nosotros, o diciendo buenos días, solamente porque se siente vacío y no ora, quiere que alguien le de conversación, no siempre es necesario conversar con las personas, más aún si esta tiene malas y feas costumbre, y no quiera corregirse, y al final el que blasfema, se queda solo, lo que dice palabras malas o tiene otras costumbres que dañan a la propia alma, y en todo lo que no es correcto, aun cuando ora, lo hace sin fe, sino para que todos le vean, buscando una especie de recompensa externa, pero sin amor a la oración.

La oración nos ayuda a crecer en la fe y en la vida de santidad, nos ayuda a vivir en orden en cualquier sitio que estemos: en la iglesia sabemos guardar el silencio y el recogimiento, la oración lleva a este camino hacia la santidad.

La oración nos ayuda en qué momento de la misa debemos estar de pie, arrodillado o sentado; nos ayuda a arrodillarnos para recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión, en no llevar siquiera el móvil a la iglesia, o tenerlo apagado para que no suene. La oración bien hecha nos acerca al cielo, nos ayuda a que nuestro cuerpo sea templo vivo del Señor, y no procuremos los afanes del mundo.

Cuando oramos sinceramente buscamos y trabajamos por la gloria de Dios, no por nuestra gloria personal.

Nuestra gloria personal es el desorden en todos los sentidos, una guerra contra la santidad, es la hipocresía del hombre viejo, y la actitud del mal es hacer el mal. Pues no obra nada bien el alma cuando va a la iglesia para la Santa Misa, y pasar su tiempo, como si estuviera en un mercado, en una excursión (según su moda en el vestir; modas indecentes).

Nuestra unión con Cristo, o una desunión total, según el modo que oremos. Ya se sabe que el desorden y cuando hay desganas en la oración, que siempre salen palabras frías de un corazón inconstante, es una separación obstinaz del alma con Dios.

Por el contrario, cuando oramos, y sentimos esa sequedad, no quiere decir que estemos desunidos con Dios, sino todo lo contrario, que cuando vaciamos nuestro corazón de las cosas mundanas, y aún cuando las imaginaciones nos estorbe, y al mismo tiempo deseamos complacer a Dios, y aún cuando el tentador nos engañe diciendo que nuestra oración no sirve de nada, y que es mejor dejar de orar, pero que seguimos orando, estamos amando al Señor; no hacemos caso al tentador.

Lo terrible sería dejar la oración, pues el demonio no puede hacer demasiado contra el orante que se esfuerza en mantenerse en la oración, incluso cuando está cansado por la jornada del día.

Los mejores momentos para la oración, es cuando todavía en el ambiente, no se oye ruido, coches por la calle, la gente hablar y reír, la radio o televisión encendida, de todo eso hemos de huir, y hemos de suplicar al Señor que nos ayude.

Ya había comentado en otras ocasiones, que además de la iglesia, un digno lugar para la oración profunda; también tenemos otros lugares tranquilos, parques, etc. En los días fríos de invierno conviene ir abrigado si se madruga, y el tiempo frío puede perjudicar nuestra salud, entonces es necesario la bufanda.

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